lunes, 7 de marzo de 2016

Médico Pasante de Servicio Social.

 Al día de hoy, han pasado 220 días desde que iniciamos el servicio social y dudo que haya habido un periodo de tiempo en mi vida donde haya aprendido tanto en tan corto tiempo. A pesar que desde un principio no todo estaba saliendo como quería, estoy orgullosa de todo lo que he logrado desde entonces, incluso, he llegado a sentir tranquilidad.
Finalmente, después de 220 días, he aceptado que no conocer el rumbo que llevara tu vida y la del resto, es algo natural. Me alegra, que por fin decidí soltar la caprichosa idea de que las cosas son como sueñas que son, como las has construido en tu mente, como te han dicho que deben ser. Aplaudo, que me doy la oportunidad de confiar, de moverme, de aceptar que todo lo que va a ser, en potencia, ya es. Me gusta ver como analizo cada situación, como la desmenuzo para entenderla, aprender y seguir.
Este año me siento diferente, mucho más analítica. Mucho más segura y consiente de mi misma y de las consecuencias de mis acciones. Me alegra ver que soy capaz de hacerme cargo de mí, que he decidido quitarle la responsabilidad a cualquiera de mis decisiones, de mis días buenos y malos, de mi vida.
En 220 días he descubierto que me gusta la gente. La gente que va por la vida con la convicción de que esta aquí, exclusivamente para ser feliz y por eso, se las arreglan para serlo. Me gusta la gente con la mente amplia y libre, que entiende que todos pensamos diferente. Que no juzga, señala, subestima o confronta sin necesidad.
Me gusta la gente que quiere más, mas vida, mas experiencias, mas amor, más tiempo. La gente que se divierte, me gusta la gente que inyecta energía. La gente que no le duele aplaudir aciertos y virtudes de otros. La gente que siempre tiene una palabra de aliento.
Me gusta la gente positiva, que te hace ver el lado bonito de la vida. Que brilla, que no se queja. Me gusta la gente que escucha, que deja de lado su vida para entender y descubrir y hacer lo necesario. Me gusta la gente que no se complica, que busca soluciones, que avanza rápido.
Me gusta la gente libre, leal a sí misma, llena de amor para otros. Gente que vibra y hace vibrar, que es cálida, me gusta la gente agradecida. Gente que avanza y te exige avanzar. Me gusta la gente que no se queda tirada lamentándose, sino que baila sus derrotas y sonríe con gracia y sin miedo. Me gusta la gente. Incluso la gente que no es como esta gente que me gusta.
Debo aceptar que me gusta mucho, demasiado, estar en la posibilidad de ayudar a esa gente. Que en tan solo 220 días me he visto obligada a replantearme a mí misma y a mis capacidades numerosas veces, que he cuestionado mis límites y he tratado de dar más de lo que alguna vez imagine que podría.
Creo que antes de esto no había entendido nada. No había entendido verdaderamente las implicaciones de mi carrera. No tenía idea de la gran diferencia que implica tener la disposición de escuchar a tu paciente. No entendía a la gente, no conocía de viva voz o imagen sus necesidades, no sabía, o no quería saber, de sus carencias.
Me parecían ridículas y exageradas las actitudes que tomaban respecto a las limitaciones de infraestructura e insumos de la casa de salud. No podía imaginarme los motivos por los cuales una persona no iniciaría control prenatal, no acudiría a sus citas de adulto mayor, abandonaría un tratamiento. Lo más fácil era señalar al paciente o a la carencia de insumos o infraestructura por la falla de un tratamiento. Y hoy puedo decir que las tres partes implicadas (medico, paciente y servicio de seguridad social) pueden ser tan culpables como el resto.
He entendido que la relación que llevo con mis pacientes es básica para el éxito de sus tratamientos. Que soy yo la que debe despertar en ellos esas actitudes que me gustan de la gente, que en la medida que yo les dé una palabra de aliento, ellos estarán dispuestos a escuchar, entender y hacer lo necesario para corregir sus situaciones individuales. Que en la medida que yo no juzgue, señale, subestime o confronte, ellos sabrán ser agradecidos y cálidos conmigo.
Después de 220 días transcurridos, concluyo que, si los médicos fuéramos un poquito más "gente", tal vez la relación médico-paciente no estaría tan devaluada como lo está en la actualidad. Como dicen por allí: el que es buen juez, por su casa empieza. Yo solo espero ya haber empezado.  

domingo, 24 de agosto de 2014

Medico Interno de Pregrado.

Soy mujer de pocos miedos. Yo, por ejemplo, no le tengo miedo a la oscuridad, ni a las alturas, ni a la velocidad. No le temo a los reproches, ni a las peleas. Hace tiempo le perdí el miedo al fracaso y no me da miedo estar sola. Me da orgullo decir que se lidiar con el estrés y que no me da miedo equivocarme, ni aceptar mis errores y pedir disculpas. No me da miedo decir las incoherencias que pienso ni atenerme a las consecuencias de mis palabras. No me da miedo ser yo algunas veces, y demasiado yo, casi siempre. 
Y sin embargo, a mis escasos 22 años tuve miedo en muchas ocasiones y tuve que aprender a perderlo en muchas otras, entre ellas tuve que perderle el miedo a ser medico interno de pregrado. El primer día del internado, estaba mas ansiosa que temerosa y para empezar bien el año, ese día tuve guardia, veía a mis compañeros y mi querida guardia B compartía una sola cosa en ese momento: inexperiencia. Nuestros maestros fueron los internos que se despedían del hospital, y nos enseñaron bien y rápido lo justo necesario para sobrevivir. Los primeros días fueron nuestros consultores y los que nos resolvían dudas y preguntas variadas. Una vez tomamos el ritmo, dejamos de preguntar y empezamos a hacer, y poco a poco perdimos el miedo a tomar decisiones y a dejar indicaciones. 
Ayer se cumplieron 2 meses que entre al hospital, recuento de daños: 21 guardias, lo que parecen mil y un partos, episiotomias y episiorrafias, cesáreas por indicaciones variadas, parturientas, amenazas de aborto, abortos completos, incompletos, en evolución, inminentes, amenazas de parto pretermino, preeclampsias, eclampsias, sx. de hellp, cardiopatias dilatadas del embarazo, isoinmunización, control prenatal... ustedes nombrenlo, yo lo he visto. Estoy a escasos 8 días de cambiar de servicio, se termina ginecología y obstetricia por el momento, y no, no puedo decirles que no me da miedo la rotación, pero la llegada del primero de septiembre es inevitable tanto como lo es mi cambio a pediatría. 
No me mal entiendan, no le tengo miedo a los doctores, ni a las preguntas, ni a las guardias. Le tengo miedo a los niños, a los interrogatorios indirectos, a las mamás que no llevan a sus hijos al hospítal hasta que los ven graves, a la falta de control prenatal, a los neonatos que empiezan a desaturar a las 3 de la mañana, le tengo miedo a las ligaduras de cordón mal hechas, a los prematuros. Les tengo miedo a las iatrogenias. A la sala de unidad de cuidados intensivos neonatales y a las infecciones nosocomiales. Me da miedo saber que mis clases de pediatría y embriología no solo fueron mediocres sino prácticamente inexistentes. Tengo miedo de equivocarme, no por mi ni por las consecuencias inmediatas para mi y mis superiores, me da miedo causarle un problema a un niño que tiene toda su vida por delante. Me da miedo calcular mal una dosis, los líquidos y electrolitos, indicar medicamentos con todo y sus efectos secundarios. Me da miedo pediatría. 
En 2 meses he sido testigo de muchas cosas tanto buenas como malas. Me di cuenta que la iatrogenia no es tan rara como lo pensaba, y que no solo el medico puede cometerla. Veo como el hospital funcionaba antes de nosotros y como va a seguir haciéndolo cuando nos vayamos, inmutable. Veo a los médicos de base, algunos conformes otros inconformes con nuestro desempeño. Soy testigo de los problemas internos entre un servicio y el resto, entre una guardia y otra, entre mis mismos compañeros, entre médicos y personal de enfermería. Veo los cambios que tienen mis compañeros en su actitud, en su desempeño, en su habilidad, en su persona general y me pregunto si yo también he cambiado. 
Quisiera alcanzar a entender la repercusión que ha tenido para todos el internado y dudo alcanzar a comprender la complejidad del asunto. En lo personal, no me siento diferente, pero veo que mis compañeros si lo son. Y principalmente, mi miedo es no darme cuenta de esos cambios personales y convertirme en uno de esos compañeros a quienes todos tienen en mal concepto. 
Así que sí, el internado da miedo, aun estoy aprendiendo a perdérselo, lo único bueno de todo esto es que aceptando mi miedo, no lo dejo detenerme. Es normal tener miedo, incluso de uno mismo. Del futuro. De los comienzos y finales. Miedo del miedo. Lo bonito del miedo es que te da esa sensación en la boca del estomago que te recuerda que aquí sigues, que te llena de prudencia, de ilusiones, de ganas de superarte. Y aunque en un principio el internado me parecía imposible, le he agarrado gusto, me divierto en el hospital, me gusta estar allí. No le he perdido el miedo del todo, pero voy avanzando. Lento, pero segura. 
Y claro, también esta ese miedo que no quiero perder, el miedo a perder el suelo, a sentirme más de lo que soy, a pensarme invencible e inequívoca. El miedo a las consecuencias de mis decisiones. El miedo a estancarme, a no seguir estudiando, a no seguir aprendiendo, a conformarme y sentirme satisfecha con mi desempeño. Tengo miedo de perder el miedo a ser una mala interna y en un futuro un mal medico. Tengo miedo de desaprovechar mis rotaciones, de abandonar las ganas que me acompañan hasta ahora. Tengo miedo de mi mediocridad, de mi falta de prudencia, de mi agotamiento. Tengo miedo de adoptar las mañas de los médicos de base y de algunos de mis compañeros. 
Y acompañada de estos miedos, algunos buenos, otros malos, descubrí que este año, más allá de renovar la vocación por mi profesión, es un año de reto, para confirmarla. He tenido días buenos y malos, me he encontrado completamente agotada tanto dentro como fuera del hospital, le he quedado mal a mi familia, a mis amigos, a mi novio en varias ocasiones. Por eso en días malos, voy a casa. Básicamente a que me apapachen, porque para eso es que uno va a casa. A que mamá prepare la comida que te gusta y las abuelas te digan que te ves delgadita y bonita, a que papá hable para preguntarte de tu día, a contarle tus problemas en el hospital a tu mejor amiga, a ver a tus mejores amigos de toda la vida, a darle un beso a tu novio. Esencialmente uno va a que lo quieran. Porque en casa a uno lo quieren y no escatiman en eso. Por eso desde hace 2 meses entendí que ir a casa es ir a casa. No es ir a ninguna otra parte a menos que sea con las personas que son tus principales dadores de amor: tus mejores y mas cercanos amigos, tu familia, tu novio. No hay espacio ni tiempo para más. 
Así que el internado me ha traído cosas buenas, cosas malas y nuevos retos a cumplir. Me ha obligado a enfrentarme a muchos miedos nuevos y viejos, y aunque no he alcanzado a perderlos del todo, me ha ayudado a superarme tanto personal como academicamente. Pero sobretodo, me ha recordado las cosas importantes de la vida, las de verdad: la prudencia como medico, el interés por mis pacientes, el miedo a conformarme, el amor por mi casa y sobre todo, que esta bien tener miedo siempre y cuando no dejes que ese miedo te paralice.
Soy mujer de pocos miedos. Yo, por ejemplo, no le tengo miedo a la oscuridad, ni a las alturas, ni a la velocidad. No le temo a los reproches, ni a las peleas. Hace tiempo le perdí el miedo al fracaso y no me da miedo estar sola. Me da orgullo decir que se lidiar con el estrés, pero recientemente descubrí que sí me da miedo equivocarme, especialmente sí de un paciente, de un amigo o de un familiar se trata.

domingo, 15 de junio de 2014

Papá.

Yo no estrené a mi papá. No lo estrené en eso de ser papá ni en eso de ser abuelo, primero llegó mi hermana, así que para cuando yo lo conocí hace un poquito más de 22 años él ya sabía lo que hacía. Veran, mi papá es una persona, como todas, con muchas facetas distintas. Fue a lo largo de su vida todas las etiquetas que se le impusieron y las que el mismo se asignó. Fue y sigue siendo hijo, hermano y amigo. Se convirtió en medico y luego en cirujano. En algún momento fue esposo. Y desde hace 23 años, 8 meses y unos días es papá.
Lo decepcionante de esa situación, como se imaginarán, es que, por así decirlo, induce a pensar que ya nada es capaz de sorprenderlo. Que la vida le dió experiencia y la experiencia le quitó la posibilidad de sentirse plenamente asombrado por algo. Sin embargo en 22 años estoy segura que más de una vez lo he visto sorprendido. Lo conozco sorprendido, enojado, triste, pensativo, frustrado, feliz, ensimismado en sus pensamientos. Lo conozco casi tan bien como él me conoce a mi, porque sorprendentemente y contra 22 años de negociaciones conmigo misma, llegue a la conclusión de que tenía que empezar a aceptar que somos muy parecidos. 
Mi papá es un buen hombre. Me enseñó, entre otras muchas cosas, a nunca ser ajena a las necesidades de los demás. Me enseñó que para cambiar el mundo no es necesario resolverle los problemas a terceros sino empezar por solucionar los propios para entonces, y solo entonces, ayudar a los demás. Se convirtió en mis ganas de ser generadora de cambios sociales. Me explicó con sus acciones que la apatía es cómplice de la injusticia y que es optativo el soñar pero es obligatorio perseguir lo que se sueña.
En el transcurso de toda una vida juntos se convirtió también en espejo de mis propios errores y defectos. Compartimos luchas, miedos, aspiraciones e ideales. Distintivos rasgos de personalidad, un humor un poco cínico y negro, compartimos enojos y reacciones, somos tercos, insoportables, gritones, mandones y enojones. Somos poco expresivos y cariñosos, y muchas otras cosas más de las que ambos padecemos. Y sobretodo, nos entendemos.
Cada año el día de las madres religiosamente hacemos ceremonia a esas personas tan especiales, y cada año el día de los padres religiosamente hacemos ceremonias menos ostentosas para esas personas igual de especiales. Me quede pensando que nos ha llevado a desarrollar tal injusticia para con nuestros progenitores, y por lo menos en mi caso, llegue a una sencilla conclusión: poco puedo decir de mi papá que no me recuerde a mi misma, hablar de él seria hablar de mi, y yo, como ya lo dije soy muchas cosas pero expresiva no es una de ellas. Doy por entendido que tendré mucho tiempo para armarme de valor y decir lo que quiero decir y muchas veces me equivoco, así que decidí terminar con la injusticia y contarles porque mi papá se convirtió en mi papá.
Mi papá se ganó el titulo no por ser esposo de mi mamá y dador de seguridad, se lo ganó porque es trabajador y se ha esmerado en darnos todo lo que ha estado en sus manos, porque es divertido y guapo, y noble. Porque en general es bueno, muy bueno.
Nos dejo vivir nuestra vida sin entrometerse en ella pero siempre dejando claro que estaba allí, presente y preparado para intervenir sí había necesidad. Nos amó y nos consintió en su muy particular forma de hacerlo, nos llenó de fuerza, de libertad, de ejemplos.
Mi papá se ganó el titulo de papá cuando me hizo darme cuenta que en este mundo no hay únicamente dos tintas a la hora de juzgar una persona, pero sí hay hombres buenos, como él. Que fallas tuvo y tendrá siempre pero que es bueno, y que me quiere y que por encima de todo, procura que este bien.
Mi papá dejó la vara muy alta. Porque resulta que sí existen, hombre increíbles sí hay. No por montones, pero la buena y mala noticia es que sí existen, un ejemplo de ellos es mi papá.
Mi papá me dejó una herencia muy marcada, me enseñó con sus aciertos y sus errores, me sostuvo cuando estuve por caer, me ayudó a levantarme cuando me tocó la de perder, y entre esa infinidad de sorpresas que nos puso el tiempo en el camino, el se convirtió en papá por segunda ocasión y yo me convertí en su hija y en su admiradora numero 1 junto con otros 4 igual de sorprendidos hijos del dr. Sesatty, y lo he amado desde entonces y lo voy a amar toda la vida. Y se que sin jamas decirlo, el sabe que yo entiendo quien soy gracias a que siempre estuve segura de quien era él: feliz día papá.

martes, 10 de junio de 2014

Los médicos de mi vida.

Los médicos de mi vida, o mejor dicho, los médicos que tengo y he tenido cerca desde siempre son mi primera descripción y referencia de lo que es un doctor. Mientras que para la mayor parte de la gente la palabra "hospital" y "medico" tiene una connotación negativa, para mi siempre fue el lugar donde trabajaban mis padres y lo que eran mis padres mismos. Yo crecí en hospitales, mi papá trabajaba por la mañana en el ISSSTE, mi mamá por la tarde en el IMSS y de nuevo mi papá por las noches en salubridad, así que yo me entretenía con abate lenguas y con estetoscopios, dormía y jugaba en el área de descanso de los médicos, por lógica, mi vida estuvo rodeada de doctores. Amigos, compañeros, tíos, padrinos, papás. Mi mundo era el mundo de la medicina, y la medicina se apropió de mi vida y de mis padres tanto como le fue posible, se apropió de mis tardes, de mis fines de semana y de las platicas a la hora de la comida y la cena, poco tiempo después se apoderó de un matrimonio y luego decidió llevarse a mi hermana, al año siguiente se apropio de mi, para 3 años después reclamar, por ultimo, a mi hermano. Mi familia es familia de médicos, somos 5 muy poco originales doctores. No puedo ni debo discutir mi vida en familia, porque eso es cosa entre ellos 4 y yo, pero puedo hablar de mi. Yo, que a los 17 años entre a medicina llena de una sola cosa: dudas.
Como buena adolescente cuestionaba no solo mis decisiones sino mis mismos pensamientos. Cuestionaba a mis padres, cuestionaba mis prioridades, mis gustos, cuestionaba mi vida. Y mis dudas, mi falta de intereses, de habilidades, de destrezas, mi completa y absoluta falta de conocimiento propio (porque a los 16 años yo no me conocía mucho más de lo que me conozco ahora) y la única certeza de que sí algún día quería vivir bien tenia que seguir estudiando me llevo a decidir entrar a una carrera que sabía que, por lo menos en mi familia, nadie iba a cuestionar. Así que no, no soy de esas afortunadas personas que eligieron a conciencia entrar a medicina, de esas acertadas personas que teniendo 1 día en la carrera sabían que estaban allí por amor al prójimo y ganas de ayudar, yo, en cambio, entre a medicina porque no tuve ninguna idea mejor. Así que no, no vengo aquí a defender lo solidarios y altruistas que son los doctores, no todos empiezan siendo así, y aunque la mayoría encuentran eso en el camino no todos son santos ni nada parecido.
Una vez entre a la universidad, me encontré compitiendo en un principio con 103 personas, de entre las que no era ni la más brillante, ni la más dedicada, ni la de la más intensa vocación. Fui una estudiante promedio, con calificaciones promedio, con aprovechamiento promedio. Conforme pasaban los años, se redujo el numero de mis compañeros a 88, y en esos 5 años cada una de esas personas, que iniciaron medicina y lograron terminar, creció desarrollando y formando un perfil muy distinto al de los otros 87, con distintos intereses y habilidades dentro de la misma medicina. Como en todas las carreras siempre hubo un primer y un ultimo lugar y 86 personas entre ellos. Todos buenos, todos malos, todos inteligentes, todos dedicados y todos inadecuados, a la vez. Todos personas, y como personas, algunos se atrevieron a enamorarse, otros se casaron, unos pocos tuvieron familia. Y también hubo quien se enfermó, quien padeció, incluso quien falleció durante el tiempo que estuve en la escuela. En esos 5 años comprobé lo que yo ya sospechaba desde pequeña: los médicos de mi vida eran, en realidad, simples personas. Personas con virtudes y defectos, profesionistas con días buenos y malos, gente con sueños, esperanzas, necesidades y problemas. Con amigos, conocidos, compañeros, colegas y con familia.
Los médicos se jactan de ser un gremio con características únicas que los distinguen y separan del resto de las profesiones. Son, aunque tal vez debería incluirme, una comunidad que se identifica a si misma como algo especial. Y sí, la gran mayoría somos personas con egos muy inflados, es un vicio profesional, necesitamos ser petulantes, y a mi, por ejemplo, me gusta ser pretenciosa, para poder hacernos responsables de la vida de otro ser humano sin vacilar. Esto no significa que crea que todos los médicos son nefastos, porque una cosa es tu vida profesional y otra muy distinta es tu vida personal. Creo honestamente, que a la fecha, después de conocer infinidad de doctores, no hay ni uno solo que sea mala persona. Pero si, hay muchos médicos que son insufribles, engreídos y controladores dentro de su profesión. Somos un gremio bastante peculiar y bastante necesario, y sabemos defender nuestro lugar social: respondemos a ataques y criticas diciendo que no cualquiera podría ser medico, que no aguantarían ni una guardia, ni la responsabilidad, ni el compromiso. Y tendríamos razón en que no cualquiera lo aguantaría, pero no por falta de capacidad sino por falta de ganas, se necesita una personalidad peculiar para estar dispuesto a sacrificar no solo tu tiempo sino tu vida personal, tu dedicación, tus horas de sueño y de esparcimiento por una carrera. Se necesita ser bastante tonto, bastante engreído o bastante bueno para creer firmemente que podemos ayudar a alguien anteponiendo las necesidades de otro ser humano por encima de las propias, y todos somos tontos y engreídos pero principalmente, todos los médicos son buenos. Nos gusta pensar que tenemos un efecto positivo en nuestra comunidad, que aun cuando logremos únicamente salvarle la vida a una persona, esto habrá repercutido positivamente en la vida de un tercero y un cuarto, somos románticos empedernidos que funcionamos bajo la creencia de que la acción individual crea una cadena de reacciones colectivas y que de uno en uno, salvaremos al mundo. 
Y esas cosas, todas esas cosas y muchas otras, las aprendes en la escuela. Te das cuenta que las personas a tu lado tienen una característica en común contigo: les gusta batallar. Nos gusta batallar en un intento de probarnos a nosotros mismos o a alguien más que somos capaces, que somos generadores de cambios sociales. O nos gusta batallar porque genuinamente queremos contribuir a nuestra comunidad, o por infinidad de razones y tonalidades de grises entre la persona puramente altruista y la que no tenia idea en lo que se metía cuando entro. Y claro, también hay quienes lo hacen porque tienen la loca idea de que se van a bañar en dinero al terminar, y digo loca porque como hija de médicos puedo decirles que si, la medicina te dará una vida cómoda si tienes la suerte de encontrar trabajo y conseguir base, pero no desenfadada, estamos muy lejos de ser ricos. 
Aprendí como estudiante que la gente te apoya, te dan palabras de aliento: "tu puedes", "no desistas", "eres muy inteligente", "vas a ver que todo va a salir bien", "es una carrera larga pero vale la pena". Muchos compañeros eran motivo de orgullo simplemente por ser médicos en formación, y tu, empiezas a creer que honestamente eres alguien especial, a ti también te gusta que te reconozcan como estudiante de medicina, porque le estas demostrando a los demás que no eres una cara bonita, o una familia acomodada, o un padre de familia. Tienes una identidad más allá de la impuesta como hijo, hermano, padre, amigo... te estas convirtiendo en tus decisiones, logrando tus aspiraciones, estas, después de entre 22 y 24 años, convirtiéndote en alguien.
Sin embargo, recientemente aprendí otra cosa: por algún motivo, una vez que te gradúas y empiezas a ejercer, ese apoyo que tenias, se disipa, ya no es solidaridad lo que recibes sino exigencia. Has pasado a ser otro matasanos, uno más de entre miles que intentan balancear una vida personal con una vida profesional igual de exigente. Y a pesar de que supuestamente tuviste 5 años de entrenamiento, difícilmente vez venir lo que te espera, y entonces, o te conviertes en el medico que pasa visita rápido y se va a su hora de salida del hospital y la gente dice: ese doctor tan inhumano, tan falto de solidaridad, tan egoísta o te conviertes en el medico que vive en el hospital, aquel cuya vida termina en la puerta de la institución en la que trabaja, que es uno más de la estadística de divorcio, de alcoholismo, de drogadicción y de suicidio. Y entre las polaridades, hay otros mil tonos de grises, y todos honestamente creemos que nosotros vamos a romper paradigmas, que eso no nos va a pasar, que encontraremos la manera de lidiar con familia, amigos y profesión, y, aunque pocos lo logran, en verdad que todos lo intentan.  
Una vez aprendido esto, llegue a la conclusión de que los médicos de mi vida son una infinidad de tonalidades de grises. Todos buenos, todos malos, todos egoístas y solidarios, inteligentes y tontos, dedicados e irresponsables. Todo al mismo tiempo, porque todos son médicos y son personas. No nos damos cuenta que el responsable medico que no abandona el campo de batalla, es un irresponsable padre que falta a los juegos de sus hijos o llega tarde por ellos a la escuela, el medico egoísta que se niega a dar una consulta, es el solidario esposo que acompaño a su mujer a ver a su familia o salió de viaje con sus hermanos. Todos somos todo. Y todos vivimos en un país donde el sistema sanitario les exige mucho y les paga poco. Todos viven enfrentándose a una situación institucional insostenible donde no hay con que trabajar pero si muchos pacientes que esperan ser tratados. Todos están solos contra una sociedad que los sataniza por fallas institucionales y los objetiviza cuando buscan culpables de desgracias personales. Todos son responsables no solo de sus vidas sino de las vidas de otras personas y de sus familias. Porque todos, incluso los médicos, olvidamos que antes de ser médicos somos humanos. Esperamos que no duerman, que no coman, que no vivan, y sobre todo, esperamos que sean perfectos. Honestamente creemos que somos especiales. Es decir, se supone que lo somos, si no ¿qué hacemos aquí?, nos lo dejaron claro cuando fuimos estudiantes, nos lo reiteraron cuando nos graduamos. Se supone que venimos a dejar huella, a hacer algo para ser recordados, ¿cierto? Y nosotros mismos esperamos suplir con inteligencia o astucia, carencias de infraestructura y falta de material. Nos exigimos mucho más de lo que, en ocasiones, podemos dar. Y sin embargo, aquí seguimos, intentando por todos los medios disponibles, darnos y darles gusto.
Y aun así, la ley no los protege, el sistema sanitario no los protege, incluso un medico no protege a otro medico. Somos por naturaleza, los peores enemigos de nuestros colegas. Estamos completa y absolutamente, solos. Y no espero que lo entiendan, pero no intento hacer quedar mal a los médicos haciéndonos pasar por pobres criaturas indefensas e incomprendidos profesionistas de la salud, no somos santos o mártires. Pero tampoco somos Dioses, y es eso lo que olvidan o intentan ignorar los médicos de mi vida: que poco o nada podrán hacer cuando alguien decida que su carencia de divinidad implica culpabilidad penal y civil.
Por eso los admiro tanto, porque conscientes del peligro al que se exponen, siguen a pie de batalla, luchando por un sistema sanitario que los apuñala por la espalda, atendiendo a un paciente que agradece a Dios por su mejoría y culpa al medico de su falta de respuesta al tratamiento, intentando por todos los medios tener una vida en familia y disfrutar su vida, sobrellevando una de las carreras con mayor grado de estrés y sobreviviendo a sus propias necesidades fisiológicas, y entre la maraña de vidas que creamos para nosotros mismos (porque no es obligación, pero se vuelve gusto) nos quejamos, por supuesto que nos quejamos. Nos enojamos, nos hartamos, estamos listos para rendirnos más de una vez por día. No somos perfectos, ni pretendemos serlo, somos, aunque cueste admitirlo, como cualquier otro trabajador que se agota, que se frustra, que falla. 
Poco entiendo de la vida del medico porque apenas empieza la mía, soy hasta la fecha únicamente espectadora porque recién me gradué, pero lo poco que entiendo es que lo que hace falta no es empatia del medico al paciente, eso se jura cuando recibes tu titulo, lo que hace falta es empatia del paciente hacia el medico. Paciencia, tolerancia, comprensión, y sobre todo, agradecimiento, el mismo agradecimiento que sienten hacia todos los que alguna vez les han prestado un servicio. Y unión, unión como comunidad para exigir de lo que realmente carecen nuestros hospitales: infraestructura, material, seguridad para el medico, para el enfermero, para el camillero, para el intendente, para el trabajador, para el paciente. Porque aunque no todos somos médicos, todos seremos pacientes alguna vez. Y en lo personal, mi miedo no es que el medico que me atienda sea incompetente, mi miedo es lo incompetente que es el sistema de salud. Mi miedo es la falta de recursos materiales, de  instrumentos para diagnostico, la falta de medicamentos, el mal control de calidad, la falta de reactivos en los laboratorios, el excesivo numero de pacientes que compartirán la atención de un mismo servicio, la infinidad de pequeñas grietas en el sistema que van a mermar el trabajo del medico de mi vida, cualquiera que este sea. 

viernes, 30 de mayo de 2014

Creo.

Creo en el poder de las palabras y en el cariño de un buen amigo. Creo en las rosas rojas y las serenatas de madrugada. Creo en las locuras de amor y que aún hay valientes que las cometen. Creo en los súper poderes de mi mamá, que todo sabe y todo inventa. Creo en las canciones de Cepillin, Cri-Crí y Disney. Creo en los poderes curativos del café tempranito en la mañana y del chocolate por las tardes. Creo en el amor con todo y desamores. Creo en las locuras de mi hermana, en la serenidad de mi hermano, en la inocencia de mi sobrino. Creo que la gente es esencialmente buena. Creo que soy de cada una de las historias que he pasado y de las personas que he conocido. Creo en los buenos tiempos de mi infancia, en los amores inolvidables y creo que las pecas de mi cara cada vez son más oscuras. Creo que el alma existe y que a veces duele más que el corazón. Creo en la puntualidad con todo y mi impuntualidad. Creo en el ejercicio aunque no lo practique. Creo que todos tenemos un gran amor en esta vida y a veces más de uno. Creo en el romanticismo y en la cursilería. Creo que a las mujeres lo inteligente no nos quita lo hormonales, pero que no se vale excusarnos en eso para hacer tonterías o herir a alguien. Creo en los abrazos y en ir al cine a ver películas infantiles y de acción. Creo en la importancia de tener manías y compulsiones. Creo en los fantasmas de lo que pudo ser, en las sonrisas sinceras y en ti.
Creo en ti que te levantas temprano para ir a correr y hacer ejercicio, creo en el tiempo que pasamos juntos y en el refugio en que te has convertido y al que tan acostumbrada estoy ya a acudir. Creo en tus chistes tontos y en tus explicaciones monosilábicas. Creo en la simpleza de tus gustos musicales, en la franqueza de tus palabras duras. Creo en tu debilidad por las cosas dulces, en tu amor por el futbol. Creo que sigues siendo un niño chiquito, creo en tus intentos fallidos por ser serio, en tu torpeza e imposibilidad para ser tierno aunque lo logres por el intento fallido. Creo en tus regaños cada vez que me paso de despistada y olvidadiza. Creo en tu capacidad para arreglar todo lo que he roto o voy a romper. Creo en los licuados de plátano con chocolate que me preparas cada que vez que quiero. Creo en nuestros programas infantiles favoritos de televisión. Creo en tu apoyo a mi carrera frustrada como cantante pop. Creo en los planes que haces cuando te digo que hagamos lo que tú quieras. Creo en la entereza con que afrontas tus problemas, creo en lo mucho que te ha pasado y como lo has afrontado. Creo en tus planes futuros y en la mucha paciencia que me has tenido. Creo que sin planear, ni esperar, ni sobreestimar, efectivamente, me va mejor contigo. Y principalmente creo que me quieres casi como yo te quiero a ti.

sábado, 10 de mayo de 2014

Mamá.

A lo largo de estos 22 años que me ha tocado vivir, he formado junto con ustedes un universo de posibilidades que han crecido para convertirme en quien soy actualmente. Puedo contarles lo mucho o poco que he vivido a su lado y, aunque para el que guste de escuchar aventuras fantásticas e historias increíbles puede resultar poco interesante lo que tengo que decir, para los oídos de quien quiera escucharlo hay mucho de fantástico en lo que tengo que contar. 
Y, aunque hoy se, que soy la consecuencia inevitable de lo vivido, me gusta pensar que lo que realmente me ha definido es lo bueno que me ha tocado pasar.
Soy prueba y testigo de la vida de una mujer fuerte, inteligente, capaz. De su infinita capacidad de dar amor y sobre todo, de perdonar. Mi mamá es la piedra angular de la vida en familia que conozco, ella me enseñó que el valor de una persona no se mida en consecuencia de su pareja, ni de su dinero, ni de su belleza, se mide por la grandeza de sus acciones. Ella definió para mi la palabra coraje, la palabra convicción y la palabra dignidad. Es el tipo de mujer que ve la belleza en la espina de una rosa y que puede cambiar el mundo con un beso y un consuelo alentador.
Pocas certezas llegan a tu vida a tan corta edad, pero hoy puedo decirles que sí llego a ser la mitad de buena persona, profesionista y mamá, sabré que no solo estoy haciendo un buen trabajo sino que estaré recompensando todos los sacrificios que ella tuvo que hacer alguna vez.
Y en estos 22 años a su lado, el tiempo avanzó sin piedad, corrió como si lo fueran persiguiendo y no le importó si lo estábamos pasando bien o mal. El tiempo tuvo y tiene su propios tiempos y poco o nada le interesan los nuestros. Y entre más avanza, yo más me parezco a mi mamá, no físicamente porque en eso no nos parecemos ni un poquito, pero sí gracias al mismo tiempo que no le ha hecho justicia, no como ella se merece. Y también por las muchas veces que he caído y ella ha estado allí para recoger los pedacitos de mi misma y reconstruirme. Porque ella me enseñó a ser yo. Me enseñó a respetar y valorar mis dudas existenciales, a levantarme con fuerza después de haber caído, a intentar, a fracasar, a entregarme ciegamente a mis locuras, valiente y dispuesta a morir en el intento de mejorar. 
Mi mamá me enseñó las cosas importantes de la vida, las de verdad: a saltar en los charcos, a observar los bichitos, a dar besos de mariposa y abrazos de oso. Pero sobre todo, siempre estuvó allí para hacerme entender que lo único que tengo que hacer en esta vida es ser feliz. Y sonreír. Porque lo único que ella ha hecho en estos 22 años es hacer lo imposible para que yo sea feliz. Y sonría. 
Mi mamá me enseñó a ser yo, y hoy celebro que me enseñará aunque haya sido un poquito a ser como ella. Feliz día mamá. 

domingo, 27 de abril de 2014

A veces.

Hoy me levanté a la hora de siempre, o por lo menos la hora de siempre desde hace 2 semanas, y como hace ya mucho tiempo me sobraron 10 minutos en el tiempo que tengo calculado para arreglarme y que solía dedicar a tratar de inventar situaciones en las que podrías estar. Caminando, en una platica, con un paciente, durmiendo, conociendo a alguien, pensando en mi...
Luego, me dispuse a completar mis pendientes con la asociación y la escuela y la mañana transcurrió rápido. Resolver esto, ponerme al día con aquello, corregir una carta, revisar los estatutos. Me encontré a media tarde con mucho hecho y aún mucho por hacer y me pregunte si alcanzaría a estudiar obstetricia en el proceso. Fui a comer con mi familia antes que mi hermano se fuera de regreso a Monterrey y no tomé café ni te extrañé.
En algún momento de la tarde me hablaron de ti y sonreí, no había pensado en ti en todo el día. Hablé de ti, y fue entonces que empecé a extrañarte.
Recordé lo que pensaba de ti a los 18 años, semejante loco, aguantando tanta locura de esta loca y de sus locos amigos. Y supe, que fue por eso que me enamoré locamente de ti. Porque tu me escogiste a mi, no yo a ti (como estaba acostumbrada). Porque supiste manejarme y ser manejado, reírte de mi y reírte conmigo. Fuiste mi cómplice, intentando burlarnos de la vida y sus circunstancias. Me querías, pero a la justa medida, nunca limitante, sacando lo mejor y lo peor de mi conforme fuera necesario.
Recordé lo que era estar enamorada como nunca. Las peleas, las bromas que no eran dulces pero sí especialmente divertidas y tiernas a su manera. La falta de celos, las nuevas amistades. Una relación sana, de esas bonitas y divertidas. La manera en que lograste enamorarme muy a pesar de mi misma, por tu locura, por nuestra locura. Y por eso dolió cuando te fuiste, cuando decidí que era tiempo que te fueras y decidiste que era tiempo de hacerme caso.
Y de extrañarte me di cuenta que lo que extraño en realidad es esa etapa de mi vida, donde me di permiso de enamorarme. De sentir lo bonito del amor, de querer y dejarme querer. Y no me mal interpretes, me va muy bien conmigo misma. Tengo todo bien organizado aquí dentro. Tengo tranquilidad y a veces me da pánico que alguien me la quite. Solo soy yo, conmigo, y me va bien.
Pero creo que a ti y a mi nos va mejor en pareja, aunque no sea la tuya y la mía. Y a veces estoy casi convencida que tu ya encontraste una nueva, y a veces estoy casi convencida de que yo también.