lunes, 15 de octubre de 2012

No tengo vocación de pendeja.

Pues no. No tengo vocación de pendeja, soy de esas molestas mujeres postmodernas a las que nos gusta alardear independencia, seguridad, autonomía e inteligencia. De esas mujeres con metas concisas y definidas que planeamos cumplir en un estricto y determinado periodo de tiempo. Que no nos dejamos seducir con banalidades y cosas materiales porque somos conscientes de nuestra capacidad de conseguirlas.
Soy de esas mujeres que disfrutan leyendo un buen libro, que gustan de escribir y ordenar la maraña de pensamientos que inundan la mente. De esas inoportunas, improcedentes, inadecuadas, impertinentes mujeres postmodernas.
Se cuidarme en vez de ser cuidada, soy autosuficiente. Y es allí donde empieza lo inoportuno de mi adquirida condición tan oportuna. Los roles establecen acciones, comprenden las expectativas y normas sobre como una persona debe o no actuar en función de su sexo, se espera de mi que sea un desastre en potencia y necesariamente dependa de mi contra parte masculina para sobrevivir. Estos elementos, forman la columna vertebral de la identidad humana: los estereotipos femeninos y masculinos. Y hasta allí, todo va bien, porque los hombres postmodernos dicen buscar una compañera que se ponga a su altura, que tenga conversación, que salga del estereotipo, una mujer postmoderna, su igual. Pero ¿qué pasa cuando se sienten innecesarios, cuando su rol masculino pasa a ser secundario y no son requeridos cada bendito segundo del día? Pasa que, su identidad se siente amenazada, ¿qué son ellos si no los procuradores de bienestar? NADA. Y entonces, esos no tan postmodernos hombres, esperan de nosotros, que retomemos un rol ya añejo y obsoleto para no sentirse perdidos en una sociedad tan cuadrada como la nuestra. Y ese, ese es el principio del fin para las que no tienen vocación de pendejas, como yo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario