martes, 17 de diciembre de 2013

Pero sobre todo, con sinceridad.

Cuando lo conocí no pensé que iba a quererlo. No imagine que seriamos algo más que amigos. Luego, quise quererlo solo por un par de días, para un par de risas y diversión. Lo quise, entonces, para bromas y llamadas banales, para reír de sus chistes y jugar a ver quien escribía o llamaba primero. Y entre no querer quererlo y hacerlo, entre una broma y otra, ahí estaba yo: queriéndolo. 
Empecé a quererlo para que me incluyera en sus quereres, en sus prioridades. Quererlo para que me incluyera en su vida, caminar de la mano y estar juntos. Para pasar los fines de semana abrazados sin salir, para ir al cine aunque siempre eligiera él la película. Para conocer todos los restaurantes de la ciudad. Empecé a quererlo queriéndome, como si querer por si solo no fuera ya muy complicado. 
Y él, en cambio, llegó tan él. Tan demasiado él. Tan absolutamente externo a mi mundo, que era tan mío, tan yo, que no cabía. Tan desalineado con mis ideas y esperanzas románticas, tan ajeno a mi y a mis creencias. Tan perfecto en su imperfección que fue metiéndose a mi pequeño gran mundo, tumbando puertas y ventanas y dejando ruinas tras de sí. Empecé a quererlo y creo que él también me quiso. 
Lo quise porque después de 20 años de odiar la cocina, allí estaba yo cocinando para alguna ocasión bonita que hubiera que celebrar. Lo quise porque no me importaba perder una o dos horas de sueño mientras fuera para estar más tiempo hablando con él. Lo quise por sus chistes tontos y por sus bromas cargadas, porque cuando no me reía de algo intentaba explicarme, creyendo que tal vez mi falta de respuesta se debía a falta de entendimiento. Lo quise porque fue al primero al que me nació hablarle de "mi amor", y, porque nunca entendió esa extraña relación con mi mejor amiga a la que tenía que contarle todo al segundo de que había ocurrido. Lo quise, porque no supo nunca pedir perdón, aunque, en ocasiones, hiciera falta que lo hiciera. Lo quise porque a sus veintitantos seguía siendo un niño chiquito, por su frustrada carrera como gamer y porque siempre creyó que bailaba mejor que yo. 
Lo quise por su eterna pregunta "¿qué quieres hacer?" que aunque recibiera respuesta, no había oídos y terminábamos haciendo lo que él quería. Lo quise por su super héroe favorito del momento, que siempre concordaba con el de la ultima película de Marvel en el cine. Lo quise porque nunca fue cursi y tenía que sacarle las palabras a regañadientes. Por sus detalles imaginarios y sus promesas de regalos incumplidas, por sus cuentos chinos y sus mil y una historias maravillosas para tapar un olvido. Pronto dejo de importarme que no correspondieran nuestros gustos musicales, y entonces, lo quise un poco más. 
Lo quise mucho. Lo quise tanto. Por tantas cosas que ame y odie en su momento y que amo y odio recordar. Y, es que, era tan lo contrario a mi ideal, que mi mundo en ruinas y yo cada día buscábamos la oportunidad de salir corriendo y no volver, y cada día se volvía más difícil alejarnos, así que pronto, mi mundo y yo, dejamos de intentarlo. Pero en algún punto, y por muchos otros motivos, decidí hacerlo: me fui. No me mal interpreten, no me arrepiento. Pero sobre todo, con sinceridad, puedo decir que lo he querido desde entonces.