lunes, 7 de marzo de 2016

Médico Pasante de Servicio Social.

 Al día de hoy, han pasado 220 días desde que iniciamos el servicio social y dudo que haya habido un periodo de tiempo en mi vida donde haya aprendido tanto en tan corto tiempo. A pesar que desde un principio no todo estaba saliendo como quería, estoy orgullosa de todo lo que he logrado desde entonces, incluso, he llegado a sentir tranquilidad.
Finalmente, después de 220 días, he aceptado que no conocer el rumbo que llevara tu vida y la del resto, es algo natural. Me alegra, que por fin decidí soltar la caprichosa idea de que las cosas son como sueñas que son, como las has construido en tu mente, como te han dicho que deben ser. Aplaudo, que me doy la oportunidad de confiar, de moverme, de aceptar que todo lo que va a ser, en potencia, ya es. Me gusta ver como analizo cada situación, como la desmenuzo para entenderla, aprender y seguir.
Este año me siento diferente, mucho más analítica. Mucho más segura y consiente de mi misma y de las consecuencias de mis acciones. Me alegra ver que soy capaz de hacerme cargo de mí, que he decidido quitarle la responsabilidad a cualquiera de mis decisiones, de mis días buenos y malos, de mi vida.
En 220 días he descubierto que me gusta la gente. La gente que va por la vida con la convicción de que esta aquí, exclusivamente para ser feliz y por eso, se las arreglan para serlo. Me gusta la gente con la mente amplia y libre, que entiende que todos pensamos diferente. Que no juzga, señala, subestima o confronta sin necesidad.
Me gusta la gente que quiere más, mas vida, mas experiencias, mas amor, más tiempo. La gente que se divierte, me gusta la gente que inyecta energía. La gente que no le duele aplaudir aciertos y virtudes de otros. La gente que siempre tiene una palabra de aliento.
Me gusta la gente positiva, que te hace ver el lado bonito de la vida. Que brilla, que no se queja. Me gusta la gente que escucha, que deja de lado su vida para entender y descubrir y hacer lo necesario. Me gusta la gente que no se complica, que busca soluciones, que avanza rápido.
Me gusta la gente libre, leal a sí misma, llena de amor para otros. Gente que vibra y hace vibrar, que es cálida, me gusta la gente agradecida. Gente que avanza y te exige avanzar. Me gusta la gente que no se queda tirada lamentándose, sino que baila sus derrotas y sonríe con gracia y sin miedo. Me gusta la gente. Incluso la gente que no es como esta gente que me gusta.
Debo aceptar que me gusta mucho, demasiado, estar en la posibilidad de ayudar a esa gente. Que en tan solo 220 días me he visto obligada a replantearme a mí misma y a mis capacidades numerosas veces, que he cuestionado mis límites y he tratado de dar más de lo que alguna vez imagine que podría.
Creo que antes de esto no había entendido nada. No había entendido verdaderamente las implicaciones de mi carrera. No tenía idea de la gran diferencia que implica tener la disposición de escuchar a tu paciente. No entendía a la gente, no conocía de viva voz o imagen sus necesidades, no sabía, o no quería saber, de sus carencias.
Me parecían ridículas y exageradas las actitudes que tomaban respecto a las limitaciones de infraestructura e insumos de la casa de salud. No podía imaginarme los motivos por los cuales una persona no iniciaría control prenatal, no acudiría a sus citas de adulto mayor, abandonaría un tratamiento. Lo más fácil era señalar al paciente o a la carencia de insumos o infraestructura por la falla de un tratamiento. Y hoy puedo decir que las tres partes implicadas (medico, paciente y servicio de seguridad social) pueden ser tan culpables como el resto.
He entendido que la relación que llevo con mis pacientes es básica para el éxito de sus tratamientos. Que soy yo la que debe despertar en ellos esas actitudes que me gustan de la gente, que en la medida que yo les dé una palabra de aliento, ellos estarán dispuestos a escuchar, entender y hacer lo necesario para corregir sus situaciones individuales. Que en la medida que yo no juzgue, señale, subestime o confronte, ellos sabrán ser agradecidos y cálidos conmigo.
Después de 220 días transcurridos, concluyo que, si los médicos fuéramos un poquito más "gente", tal vez la relación médico-paciente no estaría tan devaluada como lo está en la actualidad. Como dicen por allí: el que es buen juez, por su casa empieza. Yo solo espero ya haber empezado.  

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